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Entre los actos alrededor del Primero de mayo, la Fundación Sindicalismo y Cultura, de CCOO, programó el día 28 una velada poética, en la que se leyeron poemas de diversos poetas aragoneses, seleccionados por Adolfo Burriel, y excelentemente interpretados por él mismo, Magdalena Lasala, Luis Felipe Alegre y Mariano Anós. Fue una velada muy cercana y emotiva, una buena idea, pese a la escasa asistencia. Quiero seleccionar este poema, "Mujeres", de Manolo Vilas, porque me llegó especialmente. Es de su libro El nadador (Poesía, 1988-2002)(Colección Zigurat. Ateneo Obrero de Gijón, Gijón, 2003):
No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.

Ayer día 2 de mayo, por fin se presentó el libro Dirigentes y cuadros socialistas y de la UGT de Aragón (1931-1939), casi en olor de multitud en los salones de Costa, 1, la sede de la UGT. Y los padrinos fueron de campanillas. No pudo tener mejor comienzo la andadura de este proyecto que trata de recuperar los nombres de aquellos que tuvieron responsabilidades políticas e institucionales en aquellos años, y que formaron la médula del movimiento obrero. Para empezar a recuperar la "memoria histórica", hay que empezar por recuperar a los sujetos, a los protagonistas; escribirlos en un gran friso, todos los nombres. Entre el público, compañeros, colaboradores, amigos.
Y hoy se ha celebrado en Madrid un acto por el 75 aniversario de la fundación de la Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza (FETE), sindicato adherido a la UGT. El acto ha sido en el Ateneo y en él han intervenido, además del presidente del Ateneo, Profesor Abellán, el profesor Francisco de Luis, especialista en la FETE, el secretario general de la FETE, el aragonés Carlos López Cortiñas, la nueva ministra de Educación, Mercedes Cabrera, Cándido Méndez y el propio presidente del gobierno, José Luis Rodriguez Zapatero, el primer presidente de gobierno que es afiliado a la FETE.
En próximos días, la Fundación Bernardo Aladrén presentará sus últimas novedades en Alcañiz (5 de mayo), Híjar y Teruel.
Actos, palabras, encaminadas a dotar de referencia histórica e ideológica al socialismo aragonés, aquejado de parálisis en los últimos años. Ojalá que sirvan para recargar unas pilas que nos serán muy necesarias para encarar el futuro.
(En la foto, nuestra Palmira)

Hoy quiero traer a mi blog a dos poetas. Del primero, Jaime Gil de Biedma, transcribir unos versos que me gustan. El primero, se tituta De vita Beata y está incluido en su libro Poemas póstumos (1968):
En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda.
Y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.
El segundo poema, en realidad un fragmento de poema, está entresacado del librito que, con ocasión de la exposición que se ha hecho en el Centro de Historia de Zaragoza entre el 15 de marzo y el 30 de abril de 2006, se regalaba a los visitantes. Me viene bien para expresar, como siempre, emociones propias que uno expresaría peor. El poema se titula Pandémica y celeste:
(...) Y no hay muslos hermosos
que no me hagan pensar en sus hermosos mulos
cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.
Ni pasión de una noche de dormida
que pueda compararla
con la pasión que da el conocimiento
los años de experiencia
de nuestro amor
Porque en amor también
es importante el tiempo,
y dulce, de algún modo,
verificar con mano melancólica
su perceptible paso por un cuerpo (...)
La segunda parte, se refiere a Machado. Y es a propósito de la publicación de su biografía (Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado), confeccionada por Ian Gibson. Es notable el comentario que ofrecía hoy en Babelia nuestro querido y admirado José Carlos Mainer. No me resisto a reproducirlo:
Nuestro compatriota irlandés Ian Gibson tiene aquel don de la biografía que suele atribuirse, con bastante fundamento, a los británicos. En cuanto concierne a la historia de la literatura española, lo ha demostrado ampliamente con sendas semblanzas de Lorca y de Dalí, a las que hay poco más que pedir y que cito sin mengua de los valores de otras -en todo caso, menores- que ha dedicado a Rubén Darío y a Camilo José Cela. Las premisas de una buena biografía (y, por supuesto, las suyas lo son en grado de excelencia) estriban en la información abundante y la lectura inteligente de los textos, no como meros portadores de datos sino como síntomas de estados de ánimo; la capacidad de establecer hipótesis razonables y la expulsión de cualquier forma de engolamiento o retórica: lograr, en suma, un buen arte de contar. El único lujo retórico de una buena biografía debe ser el cuidado del detalle secundario y alguna modesta confesión personal de implicación: cuando en esta biografía de Antonio Machado se describe el cementerio civil de Madrid, la Casa de Pilatos de Sevilla, la Soria de 1907, o la impresión actual de Collioure, nos encontramos ante muestras ejemplares de una empatía casi física que el lector ha de compartir por fuerza; cuando aquellas últimas notas acerca del pueblecito francés o los comentarios a los textos machadianos de la guerra transparentan una legítima emoción o cierta cívica indignación, gozamos de cuanta retórica menor puede tolerar una biografía que, de suyo, es un género para gente que sabe escuchar y hacerse preguntas, tener el justo sentido de la vida ajena y escribir de todo con sencillez y meticulosidad.
No era fácil escribir una biografía de Antonio Machado. En rigor, el poeta nunca salió al encuentro de nada: las cosas le pasaron y vivió despacio y hacia dentro. A los 21 años no había concluido el bachillerato y sólo terminó la carrera de Letras cuando precisó el título para un traslado de instituto. Jamás tuvo casa propia: pasó por habitaciones de fondas de estables o por un par de cuartos en la casa familiar. Su vida es lo que acertó a transmutar en versos de persuasiva calidez o en una prosa cercana y divagatoria, velada de zumba. Aunque a Ian Gibson le fastidia -lo dice en el ’Aviso previo’- que sus poemas no tengan otra referencia que la numeración correlativa en romanos, lo cierto es que ese signo de continuidad es la plasmación de toda una concepción (y una misión) de la escritura: Machado siempre pensó en términos de poesías más o menos completas, equivalentes a "vida completa", como las que publicó en 1917, 1928, 1933 y 1936. Y uno de los méritos de este libro es incluir poemas enteros del escritor, apostillados por comentarios muy sagaces (Gibson es de los pocos que advierten que las "galerías" machadianas son pasillos en torno a un patio, y no túneles; lo habíamos señalado antes Enrique Baltanás y yo mismo). Nada mejor para entender la influencia de Verlaine que releer los versos de los Poemas saturnianos, traducidos por amigos de Machado, que aquí se copian. Y así se vuelve a hacer en otros momentos muy oportunos: cuando las primeras colaboraciones en la revista Electra (para apuntar los atisbos machadianos de la psicología freudiana), y cuando Machado recuerda a Soria y a Leonor Izquierdo desde Baeza. Gibson no es el primero que se ha sentido fascinado por el ’Fragmento de pesadilla’ y por el poema ’El quinto detenido y las fuerzas vivas’ (que no pasó a las Poesías completas), oportunamente transcritos y comentados aquí, pero pocos han visto con tanta viveza lo que hay detrás -fatiga, lucidez, melancolía- de los dos poemas finales de Abel Martín. Y tampoco ha sido muy frecuente señalar lo que de enigmático y terrible tiene el poema CLXXIV ("Abre el rosal de la carroña horrible / su olvido en flor..."), que no es la única, por cierto, de estas pesadillas de imágenes del escritor, que gustaba verse al borde del agotamiento de su experiencia poética (a mí me gusta el CLVI, ’Galerías’, menos visionario pero tan desconcertante como éste: valdría la pena que Gibson lo comentara en una próxima edición de su libro). Los críticos y los entrevistadores han llamado la atención sobre las páginas dedicadas a la relación de Machado y Pilar de Valderrama. Y es cierto que son muy certeras, aunque no haya grandes descubrimientos: a mí me impresiona poco saber que la fuente de los encuentros de los amantes se halle cerca de La Moncloa, pero me interesa mucho, en cambio, el perfil, ciertamente poco favorable, de aquella dama a la que el poeta llamaba "mi diosa", tan pacata, tan egoísta, bastante cursi y, sobre todo, tan distante de las ideas machadianas sobre su país entre 1931 y 1939. Como dice Gibson, inapelable, "la España de la mujer de Rafael Martínez Romorate no era la de Antonio Machado". Y, al respecto, ha sabido organizar con muchísima eficacia el diálogo imposible entre aquel amour courtois y los más decididos pronunciamientos radicales del Machado político. Sin embargo, aquellas cartas apasionadas, menesterosas y patéticamente cortadas a la medida de las luces de su "diosa" están ahí, y la imagen de Machado tampoco sale muy bien librada del episodio. En el fondo, la vida sentimental del escritor seguirá siendo un enigma, quizá algo turbio ("¿Empañé tu memoria? ¡Cuántas veces!"). Con su mala lengua inteligente, Gil de Biedma me señaló una vez (no lo escribió nunca) que más de una expresión del Machado viudo -aquella "fiebre de la mano"- hacía pensar en habituales prácticas masturbatorias, vividas con profunda mala conciencia (yo le había señalado a mi vez aquello de "pero a veces sabe Onán / mucho que ignora don Juan" y aquella invocación final de un soneto, "¡Desierta cama / y turbio espejo y corazón vacío!"); Gibson apunta aquí la innegable y, en su tiempo, inevitable visita a algún prostíbulo. Y ahora pienso que la admiración de Machado por Pío Baroja, a quien no trató, quizá aclararía algo: la pudibundez y las ideas sobre la mujer de ambos escritores son, a menudo, muy parecidas. He mencionado a Baroja y no a humo de pajas. Quizá lo único que echo de menos en este libro sea una presencia más viva de la emulación y la complicidad que el medio literario de su tiempo significó para Antonio Machado. No basta con las excelentes páginas en las que asoman Manuel, su hermano, y Juan Ramón Jiménez, o el joven Lorca. La relación de admiración discipular mantenida con Unamuno, el aprecio -teñido de distancia política- que sintió por Azorín, la devoción por Ortega y Pérez de Ayala (matizada también de ironía), es un tema que obligaba y obliga a una relectura del epistolario y de los poemas laudatorios, a veces no muy buenos, pero siempre inteligentes. Pero, en definitiva, si me atrevo a pedir esta ampliación de su libro a Ian Gibson, es en la medida en que nadie va a hacerlo con solvencia tan ejemplar. Los lectores tienen en este extenso volumen una segura guía de su lectura de Machado; los estudiosos de la literatura, un serio motivo de reflexión metodológica, tras tantos años de desconfianza por las biografías y de veneración por la obra en sí. Aquel "en sí" (como sabía Fernando Lázaro Carreter, que lo inventó) es siempre un complejo lugar poblado de muchas cosas.

A veces no queda más remedio que robar material de otros blogs. Es lo que me pasa a mí hoy. Leí a mi amigo Víctor Juan y le he tomado "prestado" el material para construir mi comentario de hoy. Se trata de unas Instrucciones para enseñar a leer a un niño, de Gustavo Martín Garzo. De su página oficial tomo los datos biográficos necesarios para situar al autor, por si alguien no sabe quién es. Psicólogo de profesión, cuando recibió en 1994 el Premio Nacional de Narrativa por su novela El lenguaje de las fuentes, ya gozaba de prestigio en los ambientes profesionales gracias a sus tres novelas anteriores, pero también debido a sus críticas literarias y a su vinculación con la revista "Un ángel más". Sin embargo, Martín Garzo se volvió un autor popular en 1999, tras la obtención del Premio Nadal por Las historias de Marta y Fernando. Nacido en 1948 en Valladolid, su formación católica familiar le proporcionó un conocimiento de la simbología religiosa que él ha convertido en material literario. Se confiesa hombre metódico y sin prisas y asegura no haber sentido nunca la necesidad de abandonar su ciudad porque "cualquier lugar contiene el mundo entero, los mismo conflictos, los mismos anhelos. Basta con saber mirarlos
". El comentario en cuestión es el siguiente:
Conviene empezar cuanto antes, a ser posible en la habitación misma de la clínica de maternidad, ya que es aconsejable que el futuro lector esté desde que nace rodeado de palabras. No importa que, en esos primeros momentos, no las pueda entender, con tal de que formen parte de ese mundo de onomatopeyas, exclamaciones y susurros que le une a su madre y que tiene que ver con la dicha. Poco a poco irá descubriendo que las palabras, como el canto de los pájaros o las llamadas del celo de los animales, no son sólo manifestación de existencia sino que nos permiten relacionarnos con lo ausente. Así, muy pronto, si su madre no está a su lado echará mano de ellas para recuperarla en su pensamiento, o si vive en un pueblo rodeado de montañas les pedirá que le digan cómo es el mundo que le aguarda más allá de esas montañas y del que no sabe nada.
Palabras del día y de la noche
Por eso los adultos deben contarle cuentos, y sobre todo, leérselos. Es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura. Que descubra que la escritura es la memoria de las palabras, y que los libros son algo así como esas despensas donde se guarda todo cuanto de gustoso e indefinible hay a nuestro alrededor, ese lugar donde uno puede acudir por las noches, mientras todos duermen, a tomar lo que necesita. A estas alturas habrá hecho un descubrimiento esencial, que existen palabras del día y palabras de la noche. Las palabras del día tienen que ver con lo que somos, con nuestra razón, nuestras obligaciones y nuestra respetabilidad; las de la noche con la intimidad, con el mundo de nuestros deseos y nuestros sueños. Y ése es un mundo que necesariamente se relaciona con el secreto. Por eso, el adulto no debe hablar demasiado al niño de los libros, ni abrumarle con consejos acerca de lo importante que es leer, porque entonces éste desconfiará. La madre que guarda en la despensa los dulces que acaba de preparar, no lo proclama a los cuatro vientos, y así los vuelve más codiciables. Las palabras de la literatura tienen que ver con ese silencio, con lo que se guarda y tal vez hay que robar, nunca con lo que nos ofrecen a gritos, y mucho menos a la luz del día, donde todos puedan vernos. El futuro lector, en suma, debe ver libros a su alrededor, saber que estan ahí y que puede leerlos, pero nunca sentir que es eso lo que todos esperan que haga.
Sería aconsejable, si me apuran, que los padres no los tuvieran demasiado a la vista, sino que los guardaran dentro de grandes armarios, que a ser posible mantendrían cerrados con llave. Aunque de vez en cuando se olvidarían esa llave, o de cerrar esos armarios, dándole al niño la opción de llevarse los libros cuando nadie les viera. Pero lo más importante es que el niño vea a sus padres leer. Discretamente, sin ostentación, pero de una forma arrebatada y absurda. El rubor en las mejillas de una madre joven, mientras permanece absorta en el libro que tiene delante, es la mejor iniciación que ésta puede ofrecer a su niño al mundo de la lectura.
Jardín secreto
Pero los libros son como aquel jardín secreto del que hablara F. H. Burnett en su célebre novela homónima: No basta con saber que estan ahí, sino que hay que encontrar la puerta que nos permite entrar en su interior. Y la llave que abre esa puerta nos tiene que ser entregada azarosamente por alguien. En la novela de F.H. Burnett es un petirrojo quien lo hace, y gracias a ello la niña puede visitar el jardín escondido. El que ese petirrojo tarde en presentarse no quiere decir que no vaya a hacerlo nunca, pero incluso si así fuera tampoco se alarme demasiado, ni por supuesto llegue a pensar que su hijito es un caso perdido. Piense que la lectura no siempre nos hace más sabios, ni más inteligentes, ni siquiera más buenos o compasivos, y que bien pudiera ser que ese niño que adora fuera como los bosquimanos, que tampoco leyeron una sola línea y eso no les impidió concebir algunos de los cuentos más hermosos que se han escuchado jamás. No olvide, en definitiva, que el cuento más necesario, y por el que seremos juzgados, es el que contamos sin darnos cuenta con nuestra vida.
Artículo publicado el 17 de abril de 2003 por el suplemento Blanco y Negro Cultural del diario ABC

Releyendo cosas "antiguas", me he encontrado con un librito de poemas que editamos en Borja, en enero de 1981. Se trata de una edición en ciclostyl con portada hecha en la imprenta de Fernando Sancho e hijo que recoge un grabado de Javier de Pedro. Se trata de un taller de poesía que hizo en sus clases José Luis Calvo Carilla, que se colgaron en cuerdas para su exposición cual si de ropa se tratara y que quisimos inmortalizar en este libro. No me resisto a transcribir la presentación que hacía José Luis Calvo:
REPROBACIÓN DE LOS JÓVENES POETAS QUE COMPONEN ESTA ANTOLOGÍA
Queridos amigos poetas:
No pienso leer vuestros poemas, y creo que sabéis la razón. Estáis en lo cierto cuando suponéis que jamás os voy a perdonar vuestra ligereza en hacer versos con la misma inconsciencia -la llamaré ingenuidad o atrevimiento, no sin cierta benevolencia por mi parte-, con que os asomais al rizado vértigo de la vida o alardeáis de un personalísimo estatuto de Autosuficiencia para amar o soñar.
No me gustan estos poemas porque aborrezco esa irrefrenable capacidad vuestra para ilusionaros con cualquier cosa, así, sin darle importancia, como quien no quiere. Porque no tendré más remedio que soportar con complicidad de voyeur vuestra voluntad de airear impúdicamente la celosa región del sentimiento o la premeditada insensatez con que hacéis como que estrenáis la vida y que es inédita la anfibia magnitud de vuestras pupilas. Me inquieta que asumáis la atávica presilidad del hombre en el orbe de guadaña de vuestros brazos, indefensos cauces de la fiebre. Comprenderéis que no puede dejar de preocuparme el hecho de que no seáis capaces de reconocer esa palamaria maquetación de horizonte que os ofrecemos, y que está ahí, ante vuestros ojos, y que no sé por qué lo buscáis en otra parte con mirada delatora.
Qué más da mordisquear con aire indolente el desgastado extremo de un verso o las uñas, pero vosotros me recordáis con una violencia desmesurada que el poema no es un peine de palabras y que vuestro desconcertante infierno se parece muy poco al cotidiano infiernillo con que caliento el café con leche y las manos.
NO PIENSO LEER, PUES, VUESTROS POEMAS E INVITO A TODO EL MUNDO A QUE TIRE ESTE CUADERNO A LA BASURA SIN ABRIRLO, pues sería intolerable que llegáramos siquiera a imaginar la remota posibilidad de que todo hombre guarda su rincón lírico inexplorado y que además es capaz de expresarlo, con el consiguiente peligro para las leyes de la oferta y la demanda poética establecida.
Y porque esta escritura -oscilante, animosa, desgarbada-, está cargada de futuros sobresaltos, y no es posible que, a través de esta fugaz experiencia, ya no sea para muchos de vosotros tan extremadamente difícil "llegar al atisbo de cuál es el poema que cada uno puede llegar a escribir".
Entre los varios alumnos que dejaron sus poemas (hicimos una selección), hay una, Inmaculada Irache, que hoy, años después, es profesora de Lengua en nuestro instituto actual, el Avempace, y por tanto compañera de sus profesores entonces, Simeón Martín y yo mismo. Estos eran sus versos de entonces:
PASEO
Camino silenciosa, sí, camino.
La tarde está triste,
yo, camino.
Mis pies sienten el polvo,
algo hace que me pare,
algo que me susurra al oído:
-"es el aire, amigo"
Es el aire contándome un secreto,
y yo, camino.
Alzo la vista y veo un cielo agrisado,
las nubes se pasean por él,
la tarde va cayendo,
y yo, camino.
Camino silenciosa, sí, camino.
El 3 de mayo, dentro del programa "Animación a la lectura", tuvo lugar en el IES Avempace la representación de la obra Animales nocturnos, de Juan Mayorga. Asistió a esta representación el autor. No es la primera vez que el IES Avempace utiliza este programa para montar obras teatrales de autores contemporáneos. Hace tres años, montó el "Guernica", de Jerónimo López Mozo; hace dos, Terror y miseria del primer franquismo, de José Sanchis Sinisterra; el año pasado estrenó ante Paloma Pedrero un espectáculo compuesto por tres piezas de esta autora; la primera es una adaptación del texto de Paloma Yo no quiero ir al cielo, donde se nos hace un recorrido por la vida y la obra y los "demonios" de la autora, y dos obritas pertenecientes a las Noches de amor efímero, obras en las que la autora "mira a la calle con ojos sabios y pinta el amor tierno y cruel". Todo un catálogo envidiable de propuestas teatrales que suelen pasar para la mayor parte de los ciudadanos sin pena ni gloria, pese a que esta fiesta está organizada por el Departamento de Educación, Cultura y Deporte, que podría aprovechar, por poco dinero, para hacer un circuito de los montajes. Se conoce que este eximio Departamento en los últimos decenios sólo se dedica al deporte (véase a nuestro presidente inaugurando campos de golf) y a la cultura de altísimos vuelos, como los montajes y desmontajes del Fleta o de la Escuela de Artes. ¿Dónde buscará esta gente a Goya? Y lo que me inquieta más ¿para qué lo buscan y lo quieren encerrar en un espacio? Y hablando de espacio. Como no nos amplían el espacio, nos reducen -parece- a los alumnos. Dios aprieta pero no ahoga. En fín, que lo importante era decir lo del estreno de los animalicos. La cosa tiene más importancia de lo que parece. Para completar, unos datos sobre el autor, Mayorga:
Nace en Madrid en 1965. Realiza sus estudios superiores de Filosofía en la UNED y de Matemáticas en la UAM. Obtiene la licenciatura en ambas disciplinas en 1988. Amplía estudios en Münster (1990), Berlín (1991) y París (1992). Se doctora en Filosofía en 1997 con una tesis sobre Walter Benjamin por la que recibe el premio extraordinario. Su investigación filosófica se ha centrado en los campos de Filosofía de la Historia y Estética.
Ha estudiado Dramaturgia con Marco Antonio de la Parra, José Sanchis Sinisterra y en la Royal Court Theatre International Summer School de Londres.Desde 1998 enseña Dramaturgia e Historia del Pensamiento en la RESAD de Madrid. Miembro fundador del colectivo teatral El Astillero.Es autor de, entre otros, los siguientes textos teatrales: Siete hombres buenos, Más ceniza, El traductor de Blumemberg, Concierto fatal de la viuda Kolakowski, El hombre de oro , El sueño de Ginebra, La mala imagen, Legión, La piel, Amarillo, El Crack, Ángelus Novus, Cartas de amor a Stalin -estrenada en el Teatro María Guerrero de Madrid como producción del Centro Dramático Nacional, La mujer de mi vida, Brgs, y El gordo y el Flaco. Su obra ha sido traducida al catalán, croata, gallego e inglés y ha sido puesta en escena en España, Argentina, Venezuela y Croacia.Ha realizado versiones de La visita de la vieja dama de Friedrich Dürrenmatt y El monstruo de los jardines de Calderón de la Barca.Ha obtenido, entre otros, los premios Calderón de la Barca, Borne, Ojo crítico y Celestina.
Completaremos la visión del autor con una entrevista para la revista La Ratonera (Revista asturiana de teatro), que lleva como titular:
«UNA DE LAS MISIONES DEL TEATRO ES PONER A LA SOCIEDAD Y A CADA HOMBRE ANTE SUS CONTRADICCIONES»
La escritura teatral contemporánea ha encontrado un pozo de sabiduría y templanza dramatúrgicas en los aplicados textos de Juan Mayorga (Madrid, 1965). Doctorado en Filosofía en 1997 y perteneciente al consejo de redacción de la revista Primer Acto y al colectivo teatral «El Astillero», lleva 8 años impartiendo las materias de Dramaturgia, Historia del Pensamiento y Sociología en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid. Su carrera como autor público arrancó en 1989 al lograr un accésit en el «Marqués de Bradomín» con Siete hombres buenos. Desde entonces ha publicado o estrenado piezas como: Más ceniza, El traductor de Blumemberg, Concierto fatal de la viuda Kolakowski, El sueño de Ginebra, El jardín quemado, La mala imagen, Legión, La piel, El crack, Angelus Novus, Cartas de amor a Stalin, La mujer de mi vida, Brgs, El Gordo y El Flaco, Hamelin, Últimas palabras de Copito de Nieve o Himmelweg (Camino del cielo). En la siguiente entrevista, el autor nos ofrece su punto de vista sobre algunos aspectos presentes en sus piezas y en sus mismos planteamientos escénicos.
–Se han concentrado en los últimos meses tres estrenos suyos en las carteleras nacionales: Hamelin, Últimas palabras de Copito de Nieve y Himmelweg. ¿Está el teatro de Mayorga de moda o es el fruto de un trabajo paciente que ve ahora la luz?
–Mi primera obra publicada, Siete hombres buenos, lo fue en 1989. Y mi primer estreno, el de Más ceniza, tuvo lugar en 1994. Por tanto, llevo mucho tiempo comprometido con el teatro. De los estrenos que mencionas lo que más me alegra es que mis textos están siendo defendidos por grandes actores.
–Lleva publicados más de 20 textos, ¿en alguno de ellos considera que como autor tocó el cielo con los dedos?, ¿se arrepiente de haber publicado alguno?
–Tengo muchas dudas acerca del valor de mi trabajo. Los textos que más aprecio son Camino del cielo (que acaba de estrenarse en Londres, en el Royal Court), Hamelin y El jardín quemado (que nunca ha llegado a escena). Entre los que he publicado, no me gusta Concierto fatal de la viuda Kolakowski; tengo pendiente reescribirlo. Tampoco estoy contento con Angelus Novus, que se puso en escena pero que nunca he querido publicar.
–Desde Siete hombres buenos y Más ceniza, reconocidos con un accésit en el «Marques de Bradomín» y con el primer premio en el «Calderón de la Barca», ¿cómo contempla el camino recorrido?, ¿ha habido rectificaciones o renuncias en sus postulados dramáticos?
–Creo que hay una continuidad temática y formal en mi trabajo. Sin embargo, me parece que tengo ahora mayor capacidad de comunicar que cuando empecé. Nunca quise ser un autor hermético, pero a veces pude parecerlo por mera incompetencia.
–¿Ha caído en la tentación de reescribir, al cabo de los años, sus antiguos textos?
–Reescribo mis textos permanentemente. Unas veces, animado por el proceso de una nueva puesta en escena (como ha sido el caso de Camino del cielo en Londres o de Animales nocturnos en Barcelona) o de una nueva edición. Otras veces, movido por la simple insatisfacción (como ha sido el caso de Siete hombres buenos, cuya versión revisada está inédita).
–A sus cuarenta años, ¿está satisfecho con las puestas en escena de sus creaciones o les pondría serios reparos a quienes las han llevado a cabo (Adolfo Simón, Guillermo Heras, Carlos Rodríguez, Salomé Aguilar, Alberto San Juan, Cristian Popescu, Luis Blat, Andrés Lima, etc.)?
–Desde luego, he gozado de puestas en escena magníficas de mis textos y he sufrido algunas decepcionantes. Pero siento mucha gratitud hacia todos los que han trabajado por llevar mis obras al público.
–Hamelin ha sido definido por su director como «una perversión de las palabras» y en Últimas palabras de Copito de Nieve el discurso del mono-tótem es empleado con valor acusador. ¿Le concede especial relevancia a la identidad mediante el lenguaje y la distorsión que provoca, por ejemplo, la traducción de las manifestaciones gestuales?
–En Hamelin, el juez, la psicóloga e incluso el pedófilo son dueños de lenguajes desde los que pueden atacar y defenderse. La miseria de la familia del niño empieza por la carencia de un lenguaje semejante. Y el niño sólo tiene el silencio. En Últimas palabras de Copito de Nieve se explota la tensión entre el cuerpo del mono, tan rudo, y su espíritu, tan cultivado.
–Su formación filosófica está en la base del bagaje cultural de «Copito de Nieve», ¿no temió que el peso de Montaigne y Mostesquieu fagocitara al personaje con esa carga libresca?
–No intenté hacer de «Copito» un pedante portavoz de Montaigne, sino un ser que comparte con nosotros su experiencia de la muerte y al que Montaigne ayuda a hacer ese último tránsito.
–Se detecta en sus propuestas una decantación por el monólogo, ¿es que está nuestra sociedad abocada a un individualismo aislador?
–No, no creo que nuestra sociedad aboque necesariamente a esa atomización. Y el monólogo, al contrario que el soliloquio, es un ejercicio de comunicación.
–En Himmelweg nos presenta un caso ciertamente duro de presos de un campo de concentración obligados a representar su otra falsa realidad, y en Últimas palabras de Copito de Nieve asistimos al entrañable, por cruel y justo, ajuste de cuentas de un mono con la querencia que los hombres estimaban recíproca. ¿Se cree usted proclive a subrayar la hipocresía impostada, el fingimiento implacable en el que nos hemos instalado?
–Efectivamente, un tema de esas dos obras y de El jardín quemado es la violencia que unos hombres ejercen sobre otros y que obliga a éstos a enmascararse –a renunciar a su vida más auténtica– para sobrevivir.
–Declaró en una ocasión que «hay que provocar la desconfianza del público». ¿Tan anestesiado lo ve como para que precise que le zarandeen y le saquen de su modorra?
–Una de las misiones del teatro es poner a la sociedad y a cada hombre ante sus contradicciones. Lo que domina en la industria del entretenimiento es el mensaje contrario: «Ustedes son formidables».
–¿Hay que reconducir al público al teatro para entablar con él un diálogo a varias voces sobre la realidad o no es ésa la función que persigue usted con su escritura?
–Trabajo en teatro porque quiero compartir con la gente mi experiencia del mundo.
–¿A qué atribuye su propensión al empleo de personajes históricos en algunas de sus piezas?
–La historia nos ofrece situaciones extremas capaces de representar, de forma especialmente intensa, experiencias humanas universales. En ese sentido miré hacia el pasado en Cartas de amor a Stalin, en El jardín quemado o en Camino del cielo.
–¿Es usted partidario de una relectura de la tradición y de la oralidad?
–El pasado es imprevisible. Cada presente –y cada hombre en ese presente– construye su propia tradición: aquel pasado con el que quiere dialogar.
–¿Es el humor, bufonesco o negro, un componente al que Juan Mayorga no renuncia en sus piezas, acoplado al tono y ritmos impuestos por cada texto en particular?
–El humor es parte de la vida, y por tanto ha de ser parte del teatro.
–Hamelin incide en temas como la culpa y la pederastia, y Últimas palabras de Copito de Nieve aborda la eutanasia y la libertad. ¿Hay que ahondar, entonces, en el teatro en nuestros demonios interiores, en nuestra dimensión social y colectiva, y olvidarnos de piruetas performáticas vaciadas de contenido?
–No creo que Últimas palabras de Copito de Nieve sea una obra sobre la eutanasia, sino sobre la muerte, tema universal que rebasa cualquier coyuntura. Hamelin, en cambio, sí tiene voluntad de representar precisamente nuestro tiempo, tan convulso.
–¿Ha compaginado en alguna ocasión la escritura paralela de dos o más obras teatrales?
–Las escrituras de Cartas de amor a Stalin y de El Gordo y el Flaco se cruzaron. También las de Camino del cielo, Animales nocturnos y Hamelin.
–A la hora de componer sus textos, ¿ve mentalmente la representación?
–Intento que mis textos se abran a muchas representaciones posibles e imprevisibles. Pero quizá algunos de ellos sean más abiertos que otros; por ejemplo, Camino del cielo me lo parece más que Animales nocturnos.
–Usted ha adaptado o realizado versiones de obras clásicas o contemporáneas (Calderón, Dürrenmat), ¿en qué plano y actitud las afronta?, ¿le hacen situarse en una esfera de respeto superior, de menor capacidad de maniobra, o no tiene nada que ver?
–Como adaptador, intento ser un modesto traductor, que ayude al diálogo de nuestro tiempo con aquel para el que el texto original fue escrito. Por lo demás, la experiencia de sumergirse en un gran texto (como he podido hacerlo últimamente en Fuente Ovejuna) es para un autor una escuela impagable.
Cierro este comentario de hoy, con un texto político, escrito a raiz de nuestra obligada participación en la guerra contra Irak:
Contra la guerra no vamos a guardar silencio
Texto leído durante la concentración convocada por la Plataforma de Cultura contra la Guerra y la Unión de Actores en la Plaza del Rey, en Madrid, el pasado 27 de marzo, Día Internacional del Teatro.

Me gusta este poema de Rosendo Tello. Y sobre todo me gusta oírselo recitar:
Nadie vendrá a decirme: "¿cómo estás,
que haces ahí, tumbado junto a un muro
de hiedra, resguardado con sombrilla
de seda y plata oscura?¿Por qué cantas
tenaz como cigarra, por qué escarbas,
echado sobre la tierra, las semillas?"
Alguien, quizás, recordará un momento
de mi vida y se diga: "¿Vive aún
aquel señor que vimos una tarde
atravesar la calle solitaria
y adentrarse hacia el fondo de un café?
Sí, el que escribía versos. ¿Pues no había...?"
Si, muerto, muerto, dílo, ¿no era eso?
Cómo el silencio pesa, cómo duele
la luz y qué cansancio cada día
por mantenerme en pie y perder alcance
a un presente que huye, componiendo
las piezas que quedaron sin casar
en el rompecabezas de la vida.
Y qué furores, que desprendimiento
de pieles y retinas, qué espesura
de gritos y tambores a mi espalda.
debo de andar tan lejos de mí mismo
que hasta mi sombra me resulta extraña,
tan cerca de mi sombra que no acierto
a dar la hora en punto, extraviado
por un desierto oscuro, extravagante
por una eternidad de aparecido,
en la desoladora transparencia
de un alma que aún porfía en no sé qué.
Y qué trajín de puertas y ventanas
abiertas a la noche estridulante,
en una amanecida con fronteras
cerradas frente a un alba sin salida.
En esta insoportable soledad
de qué sé yo por qué no viene nadie
a decirme: "Hola, amigo mío, ¿estás,
estás ahí?¿Aún vives?".
(Augurios y leyendas de un tiempo que se va, 2000). La foto es de Julio Álvarez
He acabado, por fín, de leer, las excelentes memorias del médico Pablo Uriel. Sin duda se trata de las mejores que he leído sobre la guerra hasta ahora. Dice Ian Gibson en el prólogo: "Libro admirable, en fin, con muchos momentos que se graban en la memoria, como si los hubiera vivido uno mismo (¡milagro del lenguaje y de quien sabe manejarlo!) Y sobre todo un documento de una profunda humanidad. Después de leerlo, uno siente cierta desesperación, qué duda cabe. ¡Tanta crueldad!¡Tanto sadismo!¡Tanta ignorancia!¡Tanta torpeza!". Un libro lleno de hallazgos, humanos y del lenguaje. Es verdad que, además, carente del maniqueísmo tan propio de este género. A Gibson, y a mí, le ha impresionado la observación de Uriel: "Si veinte siglos de catolicismo en España no habían logrado que los católicos fuesen menos sanguinarios que los ateos, era evidente que los textos en los que se aprendía esa doctrino no eran muy convincentes". En fin, un libro para leer. Mi amigo José Giménez Corbatón hizo una interesante reseña en el suplemento de Arte y Letras del Heraldo de Aragón.
He estado toda la tarde trabajando sobre la memoria de nuestro viaje por el Maestrazgo. Y creo sinceramente que es un buen método, que es válido el proyecto. Sin pretensiones, pero acercándonos a lo que de verdad importa: el contacto con la gente y la experimentación de primera mano de lo que constituye el conocimiento y por ende el conocimiento científico. Viajamos y a cambio giramos y, sin querer, al mirar, la mirada se ve atrapada en las preguntas de los barrancos, en las interrogaciones de los rostros, en los gritos y las risas de unos emigrantes que nunca soñaron con que existiera un lugar como Cantavieja, que se asemeja a una patera en un mar de piedra. Quién fuera muchas veces emigrante de otros continentes ignotos. Y a cada paso, sobre cada piedra, sobre cada historia aún no escrita, aletea la muerte. Nunca se ha vivido tan cerca de la muerte como en la frontera, frontera histórica y extramadura de sueños. La muerte es algo con lo que siempre se ha contado. Por eso nuestras madres no esconden en su filosofía vital la certeza de que todos pasaremos por el Calvario. Allí debió sentir la muerte tan de cerca aquel Martín bueno que fue separado del rebaño que iba a ser inmolado en la locura de la guerra. La muerte hasta sonríe a veces con los esfuerzos que hacemos para no nombrarla. Pero allí está. Y quizá no como el final de todo sino como el principio de algo. Quizá sea sólo que caminamos al revés, vamos de la muerte hacia el nacimiento. Quizá. Quizá. La nostalgia me ha atrapado de nuevo. Como aquella vez que vi a mi tío-pintor subido en el andamio de la iglesia, cual si fuera un miguelangel del maestrazgo (poco después sería retratado por Patricio Julve). Esta vez miré al muro y ya no estaba Benigno sólo su pintura ingenua y religiosa. La muerte, la muerte. Sólo ecos de todo aquello que constituyó, o debió constituir una historia en la que yo figuraba en algún programa. Debía haber partido de mí, yo un eslabón para un futuro incierto y emigrante. Pero ya nada. La muerte. Pasea continuamente y va desde la calle del Rosario hasta el Calvario y luego a la ermita del Loreto donde el tío sigue borrando el humo de los militares con miga de pan. El pan que fue nuestra vida. Venimos del pan y vamos a la muerte porque nos hemos quedado sin historia
Y quedarse es la tierna soledad
que descubre los párpados del día.
Quedarse, amada mía, es una playa
de cada mar adentro
y un sereno
aliento de jardines permitidos,
como el que llega a la esperanza
cuando el aire conmueve los desvelos.
La ciudad desde entonces mira abierta
La ciudad mira abierta y encendida
de ventanas.
Asoman las arcadas,
hay domingos de gentes y doncellas,
y olvidos de amor
(...)
Esta es una pequeña muestra de la hermosa poesía de Adolfo Burriel en su nuevo libro La ciudad nombrada, que recibinmos colectivamente la semana pasada en una orgía de la palabra en la Librería Cálamo. Otras veces dice:
(Y la noche en que viven su gran danza
los recuerdos resumen mi tristeza)
Vean lo que dice de la presentación Javier Delgado:
Ayer nos presentaron el premio Ángaro 2005 (Ayuntamiento de Sevilla), un libro de poemas del ciudadano zaragozano Adolfo Burriel , que con éste su segundo libro lleva ya dos premios en su haber (el anterior, “Furtivos días” fue IX Premio de Poesía “Alegría” del Ayuntamiento de Santander y publicado con el nº 38 de la colección Algaida). Esto de que un señor se ponga a escribir poesía en serio a los sesenta o setenta años ya es una noticia importante. Pero que además se dedique a enviar sus libros a premios de lugares remotos y los gane y se los publiquen esmeradamente resulta un verdadero ejemplo moral para quienes a los veinte años prefiere comenzar su “carrera literaria” pidiéndole a un amigo que se los pase por una imprenta y le cobre poco… Nacido en Aldealpozo, provincia de Soria, este zaragozano desde sus dos años sabe hace mucho tiempo lo que vale un peine y lo que conviene hacer con él cuando se peinan canas y se resienten las membranillas intercostales impares. Adolfo Burriel quiere ser un poeta además de ser un poeta. Y va y se pone a ello de la forma menos cómoda que existe: saliendo a alta mar y echando la caña (ni siquiera la red) a ver qué pasa. Adolfo Burriel, abogado laboralista en su juventud, fue uno de los dirigentes clandestinos del Partido Comunista en Aragón y luego durante unos años de legalidad fue incluso secretario general (o sea, el jefe) de la organización aragonesa de ese partido. Todo esto viene a cuento para que ustedes valoren como se debe la valentía de mi amigo (confesémoslo ya), que ha decidido reencarnarse en vida en él mismo pero haciendo y publicando poesía. La cual decisión no es cosa fácil ni siempre posible, y menos a la edad que Adolfo disfruta y que no le gusta nada que le recuerden como aquí hago y además exagero con toda mala intención. El caso es que ayer un joven llamado Rosendo Tello, que ha pasado de los cien años volviendo a los casi ochenta en un abrir y cerrar los ojos, actuó (porque Don Rosendo actúa, como tiene que ser) ante un público selecto (y sudoroso, todo hay que decir en una crónica que se precie) y además entregado de antemano (también hay que decirlo por lo mismo) glosando, glosa que glosa, los textos poéticos del ya renombrado (al menos en este blog) autor. Precisamente los versos de su “Ciudad nombrada”, que Rosendo Tello dijo que eran seiscientos cuarenta y seis y Adolfo Burriel defendió que setecientos uno: he aquí un casus belli que no llegó a las manos ni nada; la cosa quedó en que como explicó detalladamente Rosendo Tello había algunos alejandrinos de los de gaitas gallega que desentonaban pero que en conjunto el libro era una maravilla, como a estas horas ya saben quienes lo han leído en su totalidad o en parte. No resumiré otros asuntos de los que expuso el presentador porque fueron innumerables y difíciles de comprender para quien no estuviera versado en versos. Sólo diré que en el libro hay una ciudad madre, una ciudad amante, una ciudad murada y una ciudad libre. No recuerdo cuál era la cuadrada y cuál la redonda: ése fue tema de otro excursus o rodeo muy jugoso y bien recibido por l@s presentes, incluso en el estado de vaporización en el que se encontraban a unos cincuenta grados de calor mineral, vegetal y animal. Pues con todo, aplaudieron. Bien es verdad que se surtía de hombres y mujeres acostumbrados a las relaciones sociales y algo más: dirigentes sindicales, vecinales, políticos, municipales, dirigentes en vías de desarrollo y en estado de tránsito, dirigentes de diversísimas dirigencias cívicas plurales. Estaba también el amigo Emilio Gastón. Adolfo, por último de los dos, habló (mas breve pero no menos interesantemente, aunque ya en plan de poeta, no de crítico ni glosador) y dijo bastantes cosas amables sobre l@s presentes, llamando sabios a José Carlos Mainer (en persona frente y a pie firme frente al poeta) y al mismísimo Rosendo Tello del que hemos tomado y dado nota. A los demás creo que nos abrazó y nos calentó los oídos (¡en esas circunstancias!) y no dejó de mencionar cariñosísimamente a su hijo Jaime y a su mujer Sofía, de la que habría mucho y bueno que hablar e incluso lo haré en otra ocasión en la que no pueda pensarse que da sombra a su marido ni siquiera ahora que es poeta reconocido: a Sofía Bernardo, abogada, le debe esta ciudad concretamente Zaragoza muchas de sus pequeñas pero irrenunciables libertades privadas y públicas. Lo dicho: en otra ocasión. Y acabamos esta crónica de urgencia con un solo verso del libro “La ciudad nombrada” de Adolfo Burriel. Atentos a la jugada, que es memorable: “EL ALMA ENTERNECIDA DE MARFIL”
Amén.
La foto también la pone Javier Delgado, sobre un cuadro de Jorge Gay.
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