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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

Os escribo ya desde ningún lugar,
vagando entre las cenizas de otras palabras,
de otros alientos asfixiados,
de otros versos que enmudecieron prematuramente.
Y, aunque sé bien que nunca os llegará,
no sabía qué más hacer
antes de deslizarme para siempre
en la dudosa lealtad que todos debemos a la muerte.
Si un día os dicen que esta guerra ha terminado
y pasa el tiempo y no vuelvo,
nunca penséis que me he olvidado de todos vosotros,
pensad simplemente que he muerto.
Sopla la amargura sobre el lejano esplendor.
La energía de nuestros anhelos valerosos
se ha agrietado entre el infortunio y la desolación.
Hasta las entrañas de las estrellas se han helado
y han dejado de lucir su fascinante candor.
El antiguo equilibrio de nuestro latidos
amarillea, pausadamente,
entre la nostalgia de nuestras hazañas.
Amada mía,
ya jamás podremos compartir lo que imaginamos
y yo jamás podré ser lo que anhelé.
Os escribo ya desde ningún lugar
y, aunque sé bien que nunca os llegará,
no debía dejar que fueseis envejeciendo
con la entrecortada esperanza
de quien, día a día, se asoma a la ventana
con la mirada fragmentada e infinita,
ansiando el regreso de los que nunca debimos partir.
Si un día os dicen que esta guerra ha terminado
y pasa el tiempo y no vuelvo
y alguien llama a vuestra puerta
y os entrega un papel donde dice que yo ya nunca volveré,
donde dice que yo, nunca volveré,
pensad que hice lo imposible por regresar.
Pensad que bajo la luna, luna,
de esta tierra empepada por la sangre de nuestras heridas,
la desdicha fue más rápida que todos nosotros,
cercenando nuestra rebosante vitalidad,
agotando una a una todas nuestras voluntades.
Intenté sobrevivir devorando, con vuestro recuerdo,
tanta descarnada tragedia,
tanta triste sinrazón.
Mas todo fue en vano.
Caerá la lluvia muchas veces sobre tu piel,
fecundando minuciosamente cada una de mis caricias.
Y yo no estaré allí, amada mía,
para contar, como siempre, todas las gotas de esa lluvia.
Las dilatadas tardes grises de la destrucción
deshojan el alma de nuestras derrotas,
y la ausencia de las ilusiones
qzota nuestros sobrios cabellos de perdedores.
Sin embargo, espero que al final
de esta guerra y de estas muertes,
comience nuestro despertar.
Concluirá el invierno de nuestra desesperanza
desangrando, gota a gota,
las venas de los infiernos.
Y en un tiempo no muy remoto
se habrán desvanecido vuestros llantos de estos días infelices.
Y cada primavera nos recordaréis
despertando de su letargo nuestra leyenda.
Amada mía,
me da la sensación de que, desde este momento,
vamos en un mismo barco por dos mares distintos,
mientras yo escribo poemas como este,
sintiendo envidia y añoranza de tu fragancia.
Si un día os dicen que esta guerra ha terminado,
y pasa el tiempo y nadie ha regresado
creed que hicimos lo imposible por volver.
Llorad por mí.
Llorad por todos aquellos que yacen ya en ningún lugar.
Y cuando ya vuestras pupilas se hayan quedado insensibles
de tanta lágrima emocionada,
aguardando el mañana
que tal vez rasgue la ausencia,
decidnos qué más debimos hacer para poder regresar
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