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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

El cielo gira

Ayer estuve viendo esta película tan excelente que viene avalada, además de por el boca a boca de los amigos, por un notable, ya, palmarés de premios internacionales. Pensaba yo mientras la veía qué era lo que aparentemente la hace tan atractiva al público que la estamos viendo y creo que la respuesta está en el pasado campesino de gran parte de la población y, los de determinada edad como la mía, nuestra infancia vivida en pueblos y aldeas semejantes a la que aparece en la película. Del mismo modo que se muestra de una manera muy pedagógica el sentido de la memoria histórica de los habitantes de Aldealseñor (la reflexión sobre los poblados celtíberos, sobre el palacio que, por cierto sirve de referencte tanto a cristianos como a árabes), y es que el pasado del que se reclaman se remonta a los romanos, porque los dinosarios vivían solos, nuestra memoria histórica son ellos, en el ahora y también en unas fotos de postguerra. Ellos, pues, somos nosotros. Y después de muchas vueltas, de muchos mundos conocidos, volvemos a la patria de la infancia para recordar que el mundo, en realidad, se reducía al que veíamos por la ventana, por el ventanuco de nuestras casas, y que era comprensible no solo por lo abarcable, sino porque estaba sometido a unas leyes, a las estaciones (se suele decir, los trabajos y los días). No sé como se definirá o en qué quedará la cosa, pero algo tendremos que hacer ante el hecho evidente de que somos una generación en busca de nuestro ventanuco. Somos una generación, creo que todas las generaciones han pasado por lo mismo y creo que las venideras también, que necesita explicarse la paleta de sus colores primigenios porque en algún recoveco, en alguna autopista, en algún tren, de su vida perdió la respuesta (quizá también la pregunta) y para recuperarla es preciso regresar al principio. Así lo siente Llamazares, en El cielo de Madrid,así lo sienten muchos de los que escriben, de los que fotografían, de los que pintan y de los que hacen música, cine... crean, en una palabra. Y así lo siente Mercedes Alvarez: "Yo tenía tres años el día que mi familia se marchó de Aldealseñor, a finales de los sesenta. Aunque yo y mis hermanos mayores nacimos allí -y mis padres, y los padres de mis padres- y aunque hoy puedo contar sin mezcla de olvido la vida de antepasados a los que nunca llegué a conocer, ese día de finales de los sesenta, en el fondo tan cercano, no puedo recordarlo; es como si no perteneciera a mi memoria. En los libros he leído que el pueblo tenía a principios de siglo cuatrocientos habitantes, luego trescientos, más tarde doscientos cincuenta... Hoy la comarca presenta más de cinco pueblos abandonados o en trance de desaparición. Y en toda la provincia de Soria se despuebla el paisaje y se arruina la memoria desde hace siglos en un proceso imparable, acelerado en las últimas décadas".
En resumen, una excelente película que a mí se me antojaba llena de blasillos forgianos, de forgendros, que con sus silencios (los del pastor que nunca ha bajado a la aldea y cuyo profunda tristeza, equivalente a su profunda soledad de siglos se reflejaba en una mirada) y su reflexiones subrayaban el dramatismo de una tierra inhóspita para vivirla pero tremendamente blanda y acogedora para dormir en ella el sueño del olvido.

1 comentario

Carmen -

Excelente comentario con el que me identifico. Puede ser que en cincuenta años nos hayan rasgado por la mitad y hallan tirado un trozo a un lado del camino y otro un siglo después. Recomponer esa distancia, buscar ese puente que nos identifique, supongo que por ahí está el camino.