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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

Caen los muros, aunque no todos

Caen los muros, aunque no todos Cayó la cárcel de Torrero para hacer otras cárceles, y pisos. Cajitas. Entre los muros desapareciendo quedaron sufrimientos sin cuento y sin contar. Apenas estamos haciendo arqueo de los antifranquistas y republicanos que escupieron sus sueños por sus rincones. Pero hay que olvidar. Para los que creemos que no habrá perdón ni olvido, transcribo el artículo que mi amigo Antonio Martínez ha escrito para un libro que, sobre esta cárcel, saldrá en breve.

LA CARCEL DE TORRERO.

Quienes fuimos niños en el barrio de Torrero, tenemos incorporada la imagen de la Cárcel de la Avenida de América, a nuestros recuerdos más tempranos, junto al Cementerio y al Canal Imperial. El edificio de ladrillo marrón por cuyo frontal pasábamos en la visita obligada al Cementerio, el Día de Difuntos, nos transmitía una sensación de enigma, de secretos guardados, de no se sabía muy bien qué siniestros personajes que moraban en él. Tal vez el “hombre del saco“con el que nos asustaban los mayores, o el terrible “Sacamantecas” cuya sola mención nos hacía temblar y no alejarnos demasiado de nuestra calle en nuestros juegos infantiles. A veces, veíamos la Cárcel desde la altura de las moreras de la Avenida, a las que trepábamos en verano buscando las hojas más tiernas para alimentar a nuestros gusanos de seda. Incluso en ocasiones jugábamos al fútbol en la vaguada que había junto a su cara norte, y según el
centinela que había en aquella ronda, nos animaba a meter gol o nos echaba de allí llenándonos de improperios. Un día ya no pudimos jugar más allí, pues comenzaron a edificar una tapia que ampliaba el perímetro de vigilancia de la Cárcel. Se decía en el barrio que era porque se había escapado un preso saltando la valla e internándose en los pinares.
Cuando subíamos al Cementerio, siempre había en la puerta de la cárcel un numeroso grupo de personas con atillos, bolsas, ropa, fiambreras... La mayoría, gitanos. A veces, veíamos a parejas mayores, bien vestidas y con las caras muy tristes. Se abrían aquellas puertas metálicas, y todos entraban a comunicar con sus parientes: hijos, padres, hermanos... Luego crecimos, y descubrimos en aquel edificio el símbolo de aquella sociedad en la que ¿vivíamos?. No sólo eran sepultados allí los delincuentes. También quienes querían ser libres, y hacernos libres a los demás, que no sabíamos que no lo éramos. Cuando decidimos unirnos a ellos, la Cárcel se convirtió en otra
razón de lucha, y tras el paso por las comisarías franquistas, resultaba un alivio para los golpeados la solidaria acogida de las comunas de presos políticos. Tuve la desgracia de pasar , como tantos, por la comisaría, pero no entré en la cárcel. Mejor dicho, lo hice brevemente, pues fui “retenido” en 1975 por manifestarme pidiendo que salieran los presos políticos que quedaban en ella:
Satur, Angel Ejea y Subirón. Era el día de la coronación del rey Juan Carlos, nombrado como sucesor por el dictador que había muerto tres días atrás. Nos pareció el mejor momento para pedir lo que ya era un clamor en todo el país. La amnistía y la salida de los presos. Tal como nuestra manifestación iba subiendo por la Avenida, iban saliendo de la Cárcel numerosos grises armados a los que se
les veía muy nerviosos. Por una ventana medio tapiada que daba a la calle Villa de Ansó, asomaban las manos de los presos. La cabecera de la manifestación, un tanto asustada, rebasó la Cárcel y giró hacia los pinares. En la esquina, intenté animar al grupo que se alejaba al grito de: ¡Compañeros, todos a la cárcel!.-- ¡A la cárcel, a la cárcel! – oí decir detrás de mí. Era uno de aquellos guardas, que
apoyando su subfusil en mi espalda, me hizo entrar en el edificio, donde un par de docenas de manifestantes se encontraban ya. Allí nos retuvieron varias horas, debajo de un porche que había a la entrada, mientras oíamos los gritos de nuestros compañeros en la calle y los disparos de los botes de humo. El grupo de retenidos no hablábamos. A mí no me sonaba la cara de casi ninguno, entre los
que había bastantes estudiantes. De uno a otro fui diciéndoles (como decía el manual no escrito) que si llevaban teléfonos o direcciones fueran rompiéndolos, por seguridad. Tras un tiempo interminable, apareció el que debía ser el Director de la cárcel y sorprendentemente dio órdenes de que nos dejaran en libertad. En casa ya se habían movilizado en previsión de lo peor, y además de contactar con Burriel, me tenían preparada una manta y el bocadillo de tortilla de gambas, particular método con el que mi madre me hacía saber que me
quería y pensaba en mí siempre que era detenido. Pero al parecer no querían empañar los fastos de la coronación, y no fuimos nadie detenido ése día. Ni siquiera interrogados. Todavía quedaban por llegar Vitoria, Montejurra, Atocha, etc....¡No fue fácil recuperar las libertades, no! He pasado estos días por delante de la Cárcel de Torrero, de la que sólo queda la fachada que da a la Avenida. Parece que con la excusa de dedicar algún rincón a algún uso social, se van a construir, viviendas carísimas. ¡Lo de siempre, vamos! Por mi parte hubiera preferido que ése gran solar se hubiera convertido en un bonito parque en el que se levantara un monolito o se pusiera una placa, que recordara los sufrimientos de tantos como por allí pasaron. Y del edificio, como de tantos otros que tuvieron el mismo uso, ¡que no quede piedra sobre piedra!

Antonio Martínez Valero.
Septiembre 2005
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