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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

La memoria

La memoria Estos días recorre la red un rumor. Y también la prensa se ha hecho eco de él. Parece que el gobierno ralentiza la elaboración del proyecto de Ley de la Memoria para, se dice que ha dicho la vicepresidenta de la Vega, incluir también a los del otro bando, "para restañar heridas". Como el tema estremece de oirlo, yo no digo nada más (al menos de momento), pero transcribo una carta de una militante socialista, Belén Meneses, al presidente Rodriguez Zapatero, al compañero José Luis, con la que me siento plenamente identificado:

"Permíteme dirigirme a ti, no en tu calidad de presidente del Gobierno de España, sino como compañero de partido con quien comparto un sentimiento de lealtad y justicia hacia todos aquellos que dieron su vida por la causa republicana. Estoy convencida, que las palabras que pronunciaste el pasado mes de mayo acompañando a los españoles supervivientes del campo de concentración de Mauthausen, eran palabras sinceras pronunciadas por quien conoce bien lo que significa vivir con el peso de la ausencia de un ser querido causada por la barbarie humana. Recibid “mi homenaje, mi reconocimiento y entrega a vuestra causa”, proclamaste ante los excombatientes republicanos.
Por esa entrega a la causa republicana y ese reconocimiento a los principios que la inspiran, y porque por primera vez un gobierno democrático se ha comprometido a rescatar la memoria de los grandes olvidados de la Guerra Civil y la represión franquista, me ha desconcertado la alarmante noticia divulgada por diversos medios de comunicación, haciendo referencia al supuesto freno de la Comisión de la Memoria por parte de la vicepresidenta Mª Teresa Fernández de la Vega; me ha parecido, cuanto menos inquietante, no tanto por la ralentización del proceso como por la justificación que supuestamente (hasta que no se produzca una confirmación prefiero creer que estamos ante un supuesto) habría motivado esta decisión del Gobierno. Según la información aparecida en la prensa, el Gobierno socialista pretende acometer “un proyecto ambicioso que contente a los dos bandos y no sirva para reabrir heridas, sino para cicatrizarlas", cuando el propósito inicial, según las propias palabras de la vicepresidenta, era "reparar la dignidad y restituir la memoria de aquellas personas que fueron represaliadas por defender unos valores que hoy disfrutamos como sociedad democrática". No se trataba pues, y así lo entendimos quienes celebramos sinceramente esta iniciativa, de satisfacer o contentar a todo el mundo.
Francamente, no concibo cuanto más podemos hacer por “contentar” a quienes durante cuarenta años han sido homenajeados, indemnizados glorificados y elevados a la categoría de héroes. Los muertos del bando vencedor fueron localizados allá donde estuvieran sus cuerpos, repatriados sus restos a cargo del Estado si era preciso y sepultados por sus familias conforme a sus creencias religiosas. Del otro lado quedaron los fusilamientos indiscriminados, las persecuciones, las torturas, los abusos y las humillaciones como preámbulo a la depuración política que había de durar hasta los últimos días de vida del dictador. No alcanzo a comprender que más compensaciones podemos ofrecer a quienes han obtenido por parte del Estado reconocimientos, ayudas y atenciones. ¿Tal vez renunciar a la verdad y a la justicia para quienes siguen siendo considerados los derrotados del glorioso alzamiento nacional? Creo sinceramente que cuantas renuncias podían hacerse por parte de quienes perdieron la guerra, se han hecho ya con creces.
Entre la generosas concesiones que protagonizaron los desafectos al régimen franquista (como gustaba llamar el dictador a todos los que se opusieron a su sistema totalitario fundamentado en el terror) con el fin de favorecer una transición pacífica, cabe destacar la renuncia a realizar un proceso judicial al franquismo, pero el hecho de no emprender acciones judiciales contra quienes persiguieron, torturaron y asesinaron no significa renunciar a la justicia, y justicia, según la definición de nuestro diccionario, es “dar y reconocer a cada uno lo que le corresponde”, que nada tiene que ver con dar a todo el mundo lo mismo, lo merezcan o no. Sabes bien que no todas las causas son igual de nobles y no siempre la victoria está del lado de la razón. Ni todos son víctimas, ni todos verdugos.

Para equiparar a los dos bandos y unificar las atrocidades de unos y otros, ya tenemos a los farsantes revisionistas que se esfuerzan por reinventar la Historia a su conveniencia, justificando el golpe militar y minimizando los efectos de la Guerra Civil y la posterior dictadura. Si cometemos la injusticia de medir con el mismo rasero a quienes defendieron la legalidad constitucional vigente, con quienes pretendieron aniquilar los valores democráticos conquistados durante la República y a quienes lucharon por mantenerlos, estaremos institucionalizando estas posiciones sectarias y dando la razón a quienes abogan por el olvido y la amnesia colectiva, frente a los que defendemos la necesidad de rescatar nuestra memoria y desenterrar del olvido la página más negra de nuestra reciente Historia. No podemos meter en el mismo saco a víctimas y verdugos; a los que sufrieron con los que causaron el sufrimiento; a quienes defendieron la legalidad con los que se sublevaron contra ella; a quienes impusieron sus ideas con las armas a quienes abogaron por el respeto a la voluntad popular.
Con motivo de la modificación del Código Civil para reconocer el derecho a contraer matrimonio a los homosexuales, declaraste en el Congreso que estábamos “construyendo un país más decente, porque una sociedad decente es aquella que no humilla a sus miembros”. Y yo te pregunto compañero, ¿cómo podemos construir una sociedad decente, sustentada en el abandono y la indiferencia hacia aquellos que colocaron los cimientos de un sistema democrático que hoy constituye nuestro modelo de convivencia? ¿Cómo puede llamarse decente un pueblo que mantiene los cuerpos de miles de sus ciudadanos enterrados en fosas comunes, pudriéndose olvidados en cunetas y caminos dispersados por toda nuestra geografía? ¿Cómo un Estado decente mantiene un descomunal monumento funerario, destinado a custodiar el cuerpo putrefacto de un dictador y a ensalzar la humanidad de su persona y justificar su política del terror y los crímenes perpetrados, monumento que para burla y escarnio fue construido por los presos políticos convertidos en esclavos? Y hablando de humillaciones, ¿No es humillante que quienes defendieron un Gobierno legítimamente establecido fueran juzgados como rebeldes por los que apoyaron un golpe de Estado, sin que después de siete décadas ningún gobierno democrático haya reconocido institucionalmente la dignidad y reparado moral, social y jurídicamente el honor de aquellos hombres y mujeres? ¿Acaso no es una humillación para las víctimas del franquismo tener que convivir con los nombres y las estampas de los asesinos de sus seres queridos, treinta años después de enterrado el dictador?
No voy a recordar anteriores etapas de gobiernos del PSOE, quizás en otro momento. Únicamente señalar, que muchos socialistas nos sentimos decepcionados ante la pasividad del partido que en cuatro legislaturas nunca encontró el momento de ocuparse de las victimas del franquismo, pero después de ocho años de gobierno del Partido Popular en los que nada esperábamos, y con un partido en el Gobierno que en los años de oposición se ha implicado activamente, a través de acciones y resoluciones, en promover la recuperación de nuestra memoria histórica, se han creado unas expectativas que no pueden ser defraudadas de nuevo. Es el momento que el Gobierno que presides tome la iniciativa y se imponga este deber de memoria y justicia, sin ceder ante la presión y las intimidaciones de la derecha y toda su organizada caterva mediática. Si claudicamos ante quienes proclaman sin rubor que la responsabilidad por lo ocurrido en nuestro país es igual para todos, estaremos inflingiendo una nueva derrota, más dolorosa si cabe, a quienes ya fueron sometidos por las armas y condenados a vivir durante varias generaciones con el estigma de la derrota a sus espaldas.
Dices que “la principal seña de identidad de la izquierda tiene que ser la valentía”, que “hay que gobernar con principios”, que no crees en el pragmatismo porque “el pragmatismo es siempre un recurso para esconderse ante las dificultades”. Pues bien compañero, en tu mano está que la memoria histórica continúe siendo la gran asignatura pendiente de nuestra democracia, o se convierta en un referente de responsabilidad política para las generaciones venideras. De ti depende que nuestros hijos aprendan que gobernar para todos es tomar partido por los que más lo necesitan, y de ninguna manera significa permanecer imparcial ante las injusticias. No podemos transmitirles el legado de que merecen el mismo trato quienes luchan por la libertad que quienes la combaten. Es sin duda una gran oportunidad para poner de manifiesto la firmeza de tus convicciones; para demostrar tu integridad y el valor de tu palabra. Es mucho más que un compromiso electoral, es una obligación moral con quienes se dejaron la vida por defender unos ideales que hoy compartimos y defendemos.
Entre aquellos ciudadanos a quienes desde el Gobierno ilegítimo se les arrebató la vida y la libertad, muchos fueron simpatizantes y militantes socialistas. Tengo la certeza que si de alguna manera consiguieran hacernos llegar su parecer, sus voces se fusionarían en un único grito, dirigido al sucesor de aquel comprometido tipógrafo que hace 125 años fundó un partido político para ayudar a los más débiles a protegerse de las injusticias: ¡compañero, no!"

(En la foto, miembros de un proyecto de rescate de la memoria histórica canaria, entrevistando a un informante)
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