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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

El fragor del agua

Así pues, nos congregamos en el ámbito cultural del Corte, en medio de las oportunidades: pantalones agujereados, camisas viejas; nos congregamos como miembros de esa secta peculiar y minoritaria que es la de los lectores, a celebrar el (re)nacimiento -luego supimos que nunca se había presentado- del libro de José Ramón Gimenez Corbatón, El fragor del agua. Varios turolenses hábilmente camuflados en la capital se mostraron especialmente para el acto. Nombres, situaciones, peculiaridades: Ángel Gonzalvo, Pedro Luengo... yo mismo. Y también otras especies como los oscenos (pájaros de la noche): los pardos y acines varios; zaragocíes de casta y raigambre: Meleros, Alquézares,Marxtínez, tantos compañeros y compañeras del Elaios. Y me quedé conmovido con ese personaje tan importante y que aparece y desaparece (o igual soy yo el que va y no va) y que se llama José Luis Ledesma, con el cual hablé sobre el fenómeno de la cultura, de los libros de historia, de la distribución (ese nudo gordiano que nadie desata por desidia). En fin, y por fín, una mesa con el autor, José Luis Rodríguez, Toni Losantos y el editor, Chusé Aragués. Importante, seria, sobria, literaria, medida, incluso diría esculpida, la presentación de José Luis Rodríguez, que a mí particularmente me supo a poco y espero leerla entera próximamente en esa revista que se llama Riff-Raff. Toni estuvo próximo, hablando de la figura del hombre en taparrabos, dejándose conducir en sus excursiones hacia el interior de sí mismo. Finalmente
llegamos a ese lugar en que los autores nos hablan de los viajes adentro de sí mismos para desentrañar la tristeza de las infancias, las preguntas sin contestar y las madres, ¡ay esas madres de Teruel, de Gúdar, del Maestrazgo!, eternamente cavilosas repasando con manos de terciopelo nuestros pantalones infantiles con culera. Toni nos dijo que su madre llora siempre que va a su pueblo, cuando atisba esas trochas, esas paredes de piedra seca que costó tantos siglos levantar. La mía también. Cuando yo era pequeño e iba a Cantavieja, siempre creí que mis antepasados de allá eran de una raza de titanes porque habían pasado muchas generaciones levantando pacientemente aquellas murallas interminables. Hoy las madres lloran, las nuestras, y nosotros deberíamos llorar también. Pero en el autor del fragor no hay sensiblería sino exacto escoplo del lenguaje. Y como fino turolense, ahorrando: pin, pan, dos golpes y la literatura hecha sonido y aroma. Leído por él mismo, mejor. Amo esa voz que, como si fuera una dalla, nos hace sentir la caricia, el erotismo de un brigadista anónimo y una mujer (pienso yo), resuelta en lunas, amándose en el fin del mundo, en la nada y en las cenizas, en los escombros en que se ha convertido todo, menos ese rebozo de papel donde José Ramón escribe y describe el pasar del agua, el lento pasar del agua. Ya, sólo agua.
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1 comentario

Anónimo -

¡¡Qué buen comentario al libro!! envíaselo a José Ramón, supongo que le gustará.
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