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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

Rosendo Tello

Aún no he dicho que este blog se llama Montborg por Rosendo. De cuando compartimos un año inolvidable en Borja, en el Instituto, los dos de profesores. Allí, en algunas noches en casa de Pilar y Simeón, cuando aún me asomaba aterido a la vida, oí su voz, llena, rotunda, recitar sus poemas. Él pensó este nombre, Montborg, para hablar de Borja. Desde entonces me aficioné a leerle, aunque lo que más me guste es escucharle; esto me pasa frecuentemente, que me gusta escuchar, saborear los colores de la voz, los matices de la emoción, los silencios. Es un placer también encontrarnos perdidamente por los bares y cafeterías (así, al menos, fue la última vez) y reirnos, pues tiene una risa rotunda este hombre de Letux cuyo padre llevaba mi mismo apellido (Pedro Tello Lafoz). Y cuando no me lo encuentro pregunto por él a Tomás, que siempre tiene noticias de Rosendo. O escucho la grabación de alguno de sus poemas en la recopilación de versos que hizo Pepe Gastón de los poetas que frecuentaron el Niké. Ahora que las noticias que oigo en la escuchadera acerca de lo que de verdad no ocurre, no me interesan, quiero compartir con los que vean este blog a este poeta inmenso. Ahí va una muestra:

EPÍSTOLA A MIS AMIGOS

A pocos admiré. No se nos da en la vida
elegir los amigos, pues son como esas flores
silvestres que aparecen a destiempo
de lugar y estación. Yo no supe elegir,
pero si, en la medida de mis fidelidades,
acercarme a los fuertes, esos pocos que aún saben
que la sabiduría es fruto de unas horas
pasadas en olor de silencio o al rito
de un fuego en claridad, como se oye la música.
Una especialidad. Un arte que se aprende.
Y retenerlos siempre y reforzar los lazos
que ellos desanudaron desde su intimidad,
y hacer nuestros sus males y cadenas,
sin exigir a cambio otro don que la luz
bordada por sus frentes laboriosas.
También la inteligencia tiene su corazón
contra lo que parece, o la potencia anímica
que salva otras potencias más discordes.
Recuerdo algunos viajes que me hicieron feliz,
como aquel a las cuevas de Turquía
donde arrojé las piedras de todos mis demonios,
o aquel otro a Florencia y su plaza encantada
de estatuas florencientes, o aquella parusía
de unificados dobles, bajo el cielo de Río,
en pródiga taberna. Siempre será un milagro
saber que en esos cambios de amistad se afianza
un sentido común que aplaza otros sentidos.
Pero el viaje mejor y más profundo,
el viaje más arcano, el que nos reconcilia
con la vida y el mundo, lo he vivido en la casa
de unos pocos amigos, frente a la noche hermética.
A la luz de las lámparas.

(De su libro Confesiones en vísperas de domingo, editado por el IES José Manuel Blecua en 1996)
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