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He vuelto a Sciascia. Hace tiempo que leí Sin esperanza no pueden plantarse olivos, un hermoso libro en el que subrayé muchas cosas. Para este fi de semana me llevo la siguiente: "La cultura ha sido concebida siempre como un ornamento, como algo que no tiene nada que ver con las condiciones de vida. Para mí, por tanto, entrar en una clase en la que había cuarenta niños, entre los cuales al menos treinta tenían hambre, y tenerles que explicar historia, limitándome sin embargo a la primera guerra mundial, sin ir adelante porque se debía hablar solamente del pasado en términos retóricos, no sólo era algo que me parecía absurdo, sino también un poco infame. En la actualidad las lecciones de la escuela son muy distintas. En un cierto sentido puede decirse que la escuela ya no existe. Tal vez, no lo sé, en la provincia, en ciertos pueblos, la misma asume aún un valor, ello hablando siempre exhortativamente, porque veo que aquí vosotros, en Santo Stéfano, tenéis un instituto con un enfoque lingüístico y pedagógico ¿Y la agricultura? Es algo absurdo que no exista un instituto con una especialización agrícola. Por tanto la escuela es un poco como en mis tiempos, a fin de cuentas. Es un pequeño ornamento. Entonces es un poco absurdo que vosotros estéis aquí oyendo al maestro que os habla de lingüística, cuando a vuestro alrededor tenéis tantos problemas reales. El oficio de enseñar y también el oficio de aprender en estas condiciones sigue siendo absurdo".
Antes de empezar todo, es mejor sumergirse en las badinas de los poetas. Y he recordado en este septiembre pegajoso, caluroso, a una poeta turolense, Teresa Agustín, a la que conocí hace mucho tiempo y a la que hace también mucho que no veo. De su hermoso libro La tela que tiembla, editado por Olifante, unos poemas dedicados a septiembre:
Y esto viene a cuento de nuestro glorioso comienzo en el Instituto. Desde hace muchos años, los que han ocupado la administración educativa, de todos los colores y pelajes, no han hecho nunca prospectiva ni previsiones. Algo que hacemos con nuestros alumnos de 3º de ESO, estudiar el crecimiento de las ciudades, los movimientos especulativos, las construcciones de viviendas, etc.no es capaz de hacerlo una administración con arquitectos, inspectores y demás. La Margen Izquierda de Zaragoza, hace años que crece por encima de cualquier otra zona. Y nuestro Instituto desde hace por lo menos 10 años ha sufrido la falta de previsión. Aulas demasiado llenas, deplazamiento de profesores y alumnos a otros edificios, ratios imposibles... nada. Siguen pensando que la calidad de la pública consiste en que guardemos a los niños, no importa que no haya bibliotecas, ni salas de ordenadores, ni desdobles, ni laboratorios. Como si desde los años 70 no hubiéramos dicho ni hecho nada. Como si todo lo que ha llovido no fuera más que un soplo para nuestro Director Provincial que ha debido habitar otro planeta (La prensa transcribe su decisión: "El uso de los espacios es el adecuado a las necesidades del centro", en el Heraldo de Aragón de 10 de septiembre)O sea, que para lo que enseñamos, ya está bien con lo que tenemos. O, ¿cómo se puede interpretar sus presuntas palabras? Los medios visuales han mostrado laboratorios desmantelados y fondos de pasillo convertidos en aulas ¿Es este el ideal sociata de este servidor público? Pues apañados vamos. Esto es una muestra más de la funesta manía de los gobernantes de mostrar altivez cuando alguien opina distinto a ellos o pide algo. Para estos, el poder debe ser sin fisuras ni debilidades con los administrados. Ya está muy visto esto. Desde la izquierda debemos ser implacables con estos desmanes. El haber sido blandos nos condujo en esta ciudad y en esta región, por lo menos, a la pérdida de credibilidad y a todo lo demás que vino. ¿Esto es lo que quiere de nosotros Marcelino?¿Hacer caso a la derecha, al sedicente Biel, y atizar a la izquierda?¿Sabe Marcelino que el Avempace es un centro en el que predominan las ideas progresistas en lo didáctico, en lo social y tal vez en lo político? Este trato no es nuevo pero yo ya me estoy hartando de este juego. Elegimos a unos ciudadanos, les damos nuestro poder soberano y nos ningunean cuando no nos atizan y nos hacen callar. ¡Ya basta! Quiero y solicito la dimisión del Director Provincial. Y de la Consejera (que en la entrevista de costumbre de comienzo de curso, nos toca la lira angelical. Y dice que lo que quiere es seguir siendo Consejera con Marcelino y con Biel...). Y que conste que sé que todo es cuestión de ineptos. Pero me cansa que la izquierda ponga siempre a ineptos en puestos clave. Vale.
Estos días recorre la red un rumor. Y también la prensa se ha hecho eco de él. Parece que el gobierno ralentiza la elaboración del proyecto de Ley de la Memoria para, se dice que ha dicho la vicepresidenta de la Vega, incluir también a los del otro bando, "para restañar heridas". Como el tema estremece de oirlo, yo no digo nada más (al menos de momento), pero transcribo una carta de una militante socialista, Belén Meneses, al presidente Rodriguez Zapatero, al compañero José Luis, con la que me siento plenamente identificado:
Cuando la inspiración, o las ganas de contar, te abandonan, lo mejor es Malendé. Los meses de septiembre empiezan acelerados, creo que es la nostalgia del estrés. Hay tantas cosas pendientes (Pero ¿qué cosas?); hay tantas cosas pendientes que nos volvemos locos: llamamos por teléfono a todos para decirles lo evidente, que septiembre va galopando y todos los proyectos que dejamos al principio del verano ya corren prisa porque se ven las costillas de la Navidad, y en Navidad hay que sacar cosas. Porque todo acaba y empieza otro año, y otras nuevas cosas, nuevos libros, nuevas jornadas, congresos, cursos... ¡ufff! La zanahoria está dispuesta. Yo tenía en el verano un montón de proyectos y cuando me siento ahora, en septiembre, a concretar alguno, me salen otros, otras cosas que han estado apartadas en la estantería y reclaman mi atención. Septiembre, septiembre.
En estos días las nubes sin lluvia se ciernen sobre nosotros. La crisis de Opel amenaza con sumirnos en una depresión colectiva. El mito del progreso capitalista una vez más ha hecho creer al público que se puede crecer sin límites. No nos bastó con las desgraciadas experiencias del siglo XIX. Pero como no leemos historia. Como nos hemos creído que eso del mafrxismo era un acné juvenil, pues eso, estamos cautivos y desarmados ante las necesidades del capital. Una vez más, el trabajo claudica y se somete, le hacen someterse las condiciones objetivas. Veremos en qué para todo, porque, como no me canso de repetir, nuestras fuerzas están agotadas, dispersas y sin ideas ni convicción; demasiados pasados al enemigo pensando en el fin de la historia.
Como estamos acabando el domingo y hay que hacer buenos propósitos para la semana que comienza, venciendo ese día infernal (¿por qué?) para casi todos que es el lunes, quiero traer a este blog un librito delicioso, de Michel Quint, que se titula Los jardines de la memoria (Barcelona, Salamandra, 2002). Este autor, nacido en 1949 ha publicado una veintena de novelas del género policíaco, pero este libro es diferente. En un breve texto, ha querido rendir un emocionante y metafórico homenaje a la memoria de su abuelo, ex combatiente en Verdún, y de su padre, antiguo miembro de la Resistencia. Pero sobre todo, su afán de rescatar del olvido las historias de los que ya no están -el libro comienza con la sencilla y contundente frase "Sin verdad, ¿cómo puede haber esperanza?- es también una reivindicación de la memoria como elemento clave de la libertad y la dignidad humanas. Hasta aquí lo que dice la solapa del libro. Y sin embargo así es. Con una sencillez pasmosa nos habla de la memoria, eso que está hoy tan de moda; pero de la auténtica memoria. Y del descubrimiento por el hijo. ¿Hemos pensado lo importante que es el descubrimiento por parte del hijo, o del nieto, de la memoria olvidada del padre, del abuelo? "Yo soy profesor. Así que los dos hacemos reír a los niños...". Qué ternura en la promesa del hijo al padre que ya no está: "Intentaré, papá, ser todos aquellos cuyas risas se terminaron en los bosques de hayas, en los bosquecillos de abedules, allá, hacia el alba, y que tú trataste de resucitar. También intentaré ser tú, que nunca perdiste la memoria. Lo mejor posible. Haré el payaso lo mejor posible. Y así tal vez conseguiré hacer el hombre, en nombre de todos...". Así me he sentido yo también en las largas noche que he desenterrado las historias de los desaparecidos de nuestra guerra, de los maestros, de los jornaleros. De todos aquellos que en un camino, al borde de una carretera, de un balcal o de un río esperaban el estruendo final. Ojalá os guste. Salud.
Este comentario tenía que haber salido ayer, pero cuando el ordenador se obstina pues acaba devorando todo lo escrito con gran cabreo del autor. Decía ayer en ese nonato escrito que fui a la librería de Pepito como siempre para ver novedades; y debo decir también que con el deseo difícilmente reprimido de comprar el Beevor. Y mirando y mirando, los montones de libros me parecieron calles de una vieja y transitada ciudad. En una calle estrecha y tortuosa, los libros de historia, la narrativa en otra, más aspirante de avenida; más allá, en una rotonda, los apenas disimulados piomoas y cesarvidales. Me gusta andar y hacerme el encontradizo con viejos conocidos, saltar los charcos y, finalmente, apoyarme en un banco de madera en la plaza más soleada, allí donde está el monumento al poeta desconocido. Los libros, esos viejos cómplices. Cómo explicar a otras generaciones los mundos que nos abrieron cuando apenas nos soltábamos de las manos de nuestra madre. Cómo explicarles las armas que nos dieron contra ignorancia, contra la hipocresía, contra la opresión, contra el amor y el desamor. Cuánto refugio cuando nos sentimos pequeños y humillados. Cómo dar, pues, el testigo de estos elixires. Cómo arrojar un salvavidas a los que se están ahogando. Los libros. Finalmente, dejé el Beevor para que madure y me llevé a Mario Muchnik (A propósito. Del recuerdo a la memoria, 1931-2005), que comienza de este modo tan prometedor: "Quiero dejar constancia, quiero plasmar mi verdad, quiero contribuir al Gran Archivo contando cosas vividas, para quien pueda interesarse un día en mi propio tiempo". Eso es justamente lo que he buscado siempre, consciente o inconscientemente, así que estas palabras, y las que vengan, volverán a remover mis cimientos más íntimos, a calentar mis adentros. Y cuando haya llegado a la última página, después de haber vomitado mis impotencias y calculado el tiempo que me queda, que nos queda, volveré serenamente, de nuevo, aprovechando el sol, o tal vez la oscuridad, de una tardada de este otoño adusto, a las calles de mi librería, a buscar en los estantes un nuevo consuelo para mi alma deshilachada.
Cuando hace unos días Félix Matute me dijo que estaba viendo algunas películas de Theo Angelopoulos, recordé cuánto me había impresionado la visión hace unos años, y en pleno conflicto de los Balcanes La mirada de Ulises, del cineasta griego, lamentablemente desconocido, Theo Angelopoulos. Para comprender este film es preciso recordar sus palabras: "nuestro siglo comienza y termina en Sarajevo". Es pues un recorrido circular a partir de la mirada primigenia, unos planos de Las hilanderas, de los hermanos Manakis, considerado el primer film rodado en la península balcánica. De ahí, la búsqueda de la inocencia va llevando al protagonista A hacia las entrañas de un conflicto: un itinerario que convoca en su memoria la muerte cotidiana y el (re)nacimiento del cine, las heridas vivas de la tragedia y las huellas dejadas por el pasado. El protagonista va recorriendo su vida y la historia mientras, como una poderosa metáfora, ve bajar por el Danubio una barcaza con una imagen a piezas de Lenin. El recorrido acaba en la Cinemateca de Sarajevo donde El nacimiento de una nación, Perdona y Metrópolis, así como muchas otras imágenes, permanecen encerradas en sus latas. El proyector está envuelto en plástico, las butacas destrozadas, la pantalla desaparecida, los espectadores ausentes: no hay luz para iluminar aquellos filmes ni miradas para contemplarlos. Los fotogramas primitivos de los hermanos Manakis siguen cautivos y sin revelar. La memoria del cine sobrevive a duras penas bajo la guerra y el conservador de la institución se pregunta: "Al fin y al cabo, ¿quién soy yo, sino un coleccionista de miradas desaparecidas...?". Luego A sale a la calle con el conservador donde una orquesta de jóvenes croatas, serbios y musulmanes toca entre la bruma. Luego baja la niebla y aparecen los francotiradores. La niebla, la carencia de visión. Un largo plano secuencia (más de siete minutos y medio) con un encuadre vacío y fijo, rellenado tan solo por una espesa niebla que deja en off el campo de visión durante dos minutos y solo el sonido hace intuir la presencia de la muerte. La niebla como principio y fin de la vida. Pasada la niebla, aparecen los cadáveres. Vuelto a la cinemateca, vemos al protagonista, un soberbio Havey Keitel, su rostro contraido por un intenso dolor generado por la vivencia de la Historia y anonadado por la visión de la primerada mirada, esa mirada primigenia, esa inocencia perdida, su Ítaca soñada. Dice Carlos F. Heredero que, sobre el rostro de A llorando se concentra en ese momento el destilado de una dolorosa experiencia. De esto habla precisamente La mirada de Ulises, de lo urgente que es recuperar para el cine contemporáneo la urgencia del presente, la función de la memoria, el sentido de la necesidad y el valor de una imagen. En definitiva, Angelopoulos nos propone un debate sobre la relación del cine con la Historia, una reflexión sobre la ceguera del cine contemporáneo frente a una realidad histórica tan hiriente (ayer Sarajevo, luego Albania, siempre los Balcanes). Finalmente, mirando la pantalla y dirigiéndose a una mujer imaginaria, A convoca de nuevo el rito fundador de la palabra y del relato oral: "cuando regrese, lo haré con las ropas de otro hombre, con otro nombre (...) te hablaré del viaje durante toda la noche y también la noche siguiente. Entre abrazos y susurros de amantes, te contaré toda la aventura humana, la historia que nunca se acaba". Este texto es una recreación de Angelopoulos y Tonino Guerra a partir de varios diálogos del capítulo de La Odisea en el que Penélope reconoce a Ulises. En fin, quizá la intención de esta forma de contar de Angelopoulos se resume en estas palabras del instructor de O Megalexandros (Alejandro el Grande, 1980)al pequeño Alejandro:"Si te hablo con parábolas es para que lo entiendas mejor. No se puede definir el horror y sin embargo existe, porque avanza en silencio".Plantilla basada en http://blogtemplates.noipo.org/