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Montborg. Bitácora, weblog o blog de Herminio Lafoz Rabaza

VERSOS COMO EL PAN DE CADA DÍA, COMO EL AIRE QUE EXIGIMOS...

VERSOS COMO EL PAN DE CADA DÍA, COMO EL AIRE QUE EXIGIMOS...

Hoy quiero traer a mi blog a dos poetas. Del primero, Jaime Gil de Biedma, transcribir unos versos que me gustan. El primero, se tituta De vita Beata y está incluido en su libro Poemas póstumos (1968):

En un viejo país ineficiente,

algo así como España entre dos guerras

civiles, en un pueblo junto al mar,

poseer una casa y poca hacienda.

Y memoria ninguna. No leer,

no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,

y vivir como un noble arruinado

entre las ruinas de mi inteligencia.

El segundo poema, en realidad un fragmento de poema, está entresacado  del librito que, con ocasión de la exposición que se ha hecho en el Centro de Historia de Zaragoza entre el 15 de marzo y el 30 de abril de 2006, se regalaba a los visitantes. Me viene bien para expresar, como siempre, emociones propias que uno expresaría peor. El poema se titula Pandémica y celeste:

(...) Y no hay muslos hermosos

que no me hagan pensar en sus hermosos mulos

cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

 

Ni pasión de una noche de dormida

que pueda compararla

con la pasión que da el conocimiento

los años de experiencia

de nuestro amor

                        Porque en amor también

es importante el tiempo,

y dulce, de algún modo,

verificar con mano melancólica

su perceptible paso por un cuerpo (...)

 

La segunda parte, se refiere a Machado. Y es a propósito de la publicación de su biografía (Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado), confeccionada por Ian Gibson. Es notable el comentario que ofrecía hoy en Babelia nuestro querido y admirado José Carlos Mainer. No me resisto a reproducirlo:

Nuestro compatriota irlandés Ian Gibson tiene aquel don de la biografía que suele atribuirse, con bastante fundamento, a los británicos. En cuanto concierne a la historia de la literatura española, lo ha demostrado ampliamente con sendas semblanzas de Lorca y de Dalí, a las que hay poco más que pedir y que cito sin mengua de los valores de otras -en todo caso, menores- que ha dedicado a Rubén Darío y a Camilo José Cela. Las premisas de una buena biografía (y, por supuesto, las suyas lo son en grado de excelencia) estriban en la información abundante y la lectura inteligente de los textos, no como meros portadores de datos sino como síntomas de estados de ánimo; la capacidad de establecer hipótesis razonables y la expulsión de cualquier forma de engolamiento o retórica: lograr, en suma, un buen arte de contar. El único lujo retórico de una buena biografía debe ser el cuidado del detalle secundario y alguna modesta confesión personal de implicación: cuando en esta biografía de Antonio Machado se describe el cementerio civil de Madrid, la Casa de Pilatos de Sevilla, la Soria de 1907, o la impresión actual de Collioure, nos encontramos ante muestras ejemplares de una empatía casi física que el lector ha de compartir por fuerza; cuando aquellas últimas notas acerca del pueblecito francés o los comentarios a los textos machadianos de la guerra transparentan una legítima emoción o cierta cívica indignación, gozamos de cuanta retórica menor puede tolerar una biografía que, de suyo, es un género para gente que sabe escuchar y hacerse preguntas, tener el justo sentido de la vida ajena y escribir de todo con sencillez y meticulosidad.

No era fácil escribir una biografía de Antonio Machado. En rigor, el poeta nunca salió al encuentro de nada: las cosas le pasaron y vivió despacio y hacia dentro. A los 21 años no había concluido el bachillerato y sólo terminó la carrera de Letras cuando precisó el título para un traslado de instituto. Jamás tuvo casa propia: pasó por habitaciones de fondas de estables o por un par de cuartos en la casa familiar. Su vida es lo que acertó a transmutar en versos de persuasiva calidez o en una prosa cercana y divagatoria, velada de zumba. Aunque a Ian Gibson le fastidia -lo dice en el ’Aviso previo’- que sus poemas no tengan otra referencia que la numeración correlativa en romanos, lo cierto es que ese signo de continuidad es la plasmación de toda una concepción (y una misión) de la escritura: Machado siempre pensó en términos de poesías más o menos completas, equivalentes a "vida completa", como las que publicó en 1917, 1928, 1933 y 1936. Y uno de los méritos de este libro es incluir poemas enteros del escritor, apostillados por comentarios muy sagaces (Gibson es de los pocos que advierten que las "galerías" machadianas son pasillos en torno a un patio, y no túneles; lo habíamos señalado antes Enrique Baltanás y yo mismo). Nada mejor para entender la influencia de Verlaine que releer los versos de los Poemas saturnianos, traducidos por amigos de Machado, que aquí se copian. Y así se vuelve a hacer en otros momentos muy oportunos: cuando las primeras colaboraciones en la revista Electra (para apuntar los atisbos machadianos de la psicología freudiana), y cuando Machado recuerda a Soria y a Leonor Izquierdo desde Baeza. Gibson no es el primero que se ha sentido fascinado por el ’Fragmento de pesadilla’ y por el poema ’El quinto detenido y las fuerzas vivas’ (que no pasó a las Poesías completas), oportunamente transcritos y comentados aquí, pero pocos han visto con tanta viveza lo que hay detrás -fatiga, lucidez, melancolía- de los dos poemas finales de Abel Martín. Y tampoco ha sido muy frecuente señalar lo que de enigmático y terrible tiene el poema CLXXIV ("Abre el rosal de la carroña horrible / su olvido en flor..."), que no es la única, por cierto, de estas pesadillas de imágenes del escritor, que gustaba verse al borde del agotamiento de su experiencia poética (a mí me gusta el CLVI, ’Galerías’, menos visionario pero tan desconcertante como éste: valdría la pena que Gibson lo comentara en una próxima edición de su libro). Los críticos y los entrevistadores han llamado la atención sobre las páginas dedicadas a la relación de Machado y Pilar de Valderrama. Y es cierto que son muy certeras, aunque no haya grandes descubrimientos: a mí me impresiona poco saber que la fuente de los encuentros de los amantes se halle cerca de La Moncloa, pero me interesa mucho, en cambio, el perfil, ciertamente poco favorable, de aquella dama a la que el poeta llamaba "mi diosa", tan pacata, tan egoísta, bastante cursi y, sobre todo, tan distante de las ideas machadianas sobre su país entre 1931 y 1939. Como dice Gibson, inapelable, "la España de la mujer de Rafael Martínez Romorate no era la de Antonio Machado". Y, al respecto, ha sabido organizar con muchísima eficacia el diálogo imposible entre aquel amour courtois y los más decididos pronunciamientos radicales del Machado político. Sin embargo, aquellas cartas apasionadas, menesterosas y patéticamente cortadas a la medida de las luces de su "diosa" están ahí, y la imagen de Machado tampoco sale muy bien librada del episodio. En el fondo, la vida sentimental del escritor seguirá siendo un enigma, quizá algo turbio ("¿Empañé tu memoria? ¡Cuántas veces!"). Con su mala lengua inteligente, Gil de Biedma me señaló una vez (no lo escribió nunca) que más de una expresión del Machado viudo -aquella "fiebre de la mano"- hacía pensar en habituales prácticas masturbatorias, vividas con profunda mala conciencia (yo le había señalado a mi vez aquello de "pero a veces sabe Onán / mucho que ignora don Juan" y aquella invocación final de un soneto, "¡Desierta cama / y turbio espejo y corazón vacío!"); Gibson apunta aquí la innegable y, en su tiempo, inevitable visita a algún prostíbulo. Y ahora pienso que la admiración de Machado por Pío Baroja, a quien no trató, quizá aclararía algo: la pudibundez y las ideas sobre la mujer de ambos escritores son, a menudo, muy parecidas. He mencionado a Baroja y no a humo de pajas. Quizá lo único que echo de menos en este libro sea una presencia más viva de la emulación y la complicidad que el medio literario de su tiempo significó para Antonio Machado. No basta con las excelentes páginas en las que asoman Manuel, su hermano, y Juan Ramón Jiménez, o el joven Lorca. La relación de admiración discipular mantenida con Unamuno, el aprecio -teñido de distancia política- que sintió por Azorín, la devoción por Ortega y Pérez de Ayala (matizada también de ironía), es un tema que obligaba y obliga a una relectura del epistolario y de los poemas laudatorios, a veces no muy buenos, pero siempre inteligentes. Pero, en definitiva, si me atrevo a pedir esta ampliación de su libro a Ian Gibson, es en la medida en que nadie va a hacerlo con solvencia tan ejemplar. Los lectores tienen en este extenso volumen una segura guía de su lectura de Machado; los estudiosos de la literatura, un serio motivo de reflexión metodológica, tras tantos años de desconfianza por las biografías y de veneración por la obra en sí. Aquel "en sí" (como sabía Fernando Lázaro Carreter, que lo inventó) es siempre un complejo lugar poblado de muchas cosas.

 

 

 

 

 


 

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