
En estos días de otoño, nada como dejar hablar a otros. Me he convertido, con un gozo indescriptible en un posadero de palabras. Las acoja, les doy de beber y finalmente las acompaño a sus aposentos donde les doy cama e incluso les subo el rebozo. Hoy le toca a Mariano, por algo que ha escrito en su blog y por algo que nos revitaliza, que nos inflama las venas: en estos días de confusión en el que todo el mundo parece andar desnortado, he aquí que la palabra se hace carne y surge la creación de la vida entre los pupitres (no sé si entre los tablets); allí donde esté un maestro en nuestro nombre, allí estará la esencia de la enseñanza. Gracias, Mariano, por reconciliarnos con la profesión, con esta profesión tan hermosa como tú dices. En la foto, las manos de Mariano.
LA LECTURA EMOCIONADA
A veces, suceden cosas que convierten algunos momentos escolares en memorables. Ayer comencé a leerles a los chicos y chicas de la clase –en voz alta, claro- el libro de Gonzalo Moure “Palabras de Caramelo”. Es la historia de un niño saharaui (Kori), sordomudo que se encariña de una cría de camello, a la que llamará Caramelo. Kori interpreta lo que dicen las personas observando el movimiento de los labios y lo mismo hace con Caramelo; las “palabras de Caramelo” serán precisamente las que cree leer en los labios del pequeño rumiante, cada vez que se acerca a acompañarlo a los corrales que hay a las afueras del poblado de jaimas en el que viven. Kori aprenderá a escribir, ayudado por su maestra y acabará siendo un poeta reconocido en su pueblo. Por el camino vivirá dramáticamente el necesario sacrificio de Caramelo, pues el pueblo saharaui necesita comer y un camello es un camello, claro. También por el camino, Gonzalo Moure va desgranando datos y detalles de las condiciones duras de vida en las que está sumido este pueblo, expulsado de su tierra y refugiado en territorio argelino."Creo que este libro lo cogeré para leérmelo bastantes veces porque me ha llegado al corazón de verdad. Me ha gustado muchísimo", confiesa Maika.
Por escuchar o leer palabras como las anteriores (y las que siguen) es por lo que merece la pena ser maestra o maestro.
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